Aún recuerdo el día del velatorio de mi abuela. Aunque yo no tenía más de 9 años, su imagen inmortal vive todavía en mi memoria. Ella había hecho una petición antes de morir. A mi tía le pareció ridículo, la escucho todavía discutiendo con mi madre sobre el asunto. Esos días de abril del ‘87 fueron muy calurosos. Nadie entendía qué pasaba con el clima, pero lo cierto es que había una revolución con las altas temperaturas fuera de estación. Esto, según mi tía, era una de sus excusas para no cumplir la última petición de mi abuela. Decía, me lo acuerdo casi textual, que le iban a transpirar las manos como transpira un burro amarrado en la puerta del baile. Creo haber escuchado esta frase tiempo después en una canción… La cosa es que mi tía y mi madre seguían discutiendo el tema como dos chicharras de verano. Y repito, hacía tanto calor esos días, que la comparación con las chicharras no es tan errada. Se acercaba el día del velatorio, antes las cosas llevaban un poco más tiempo del que estamos acostumbrados. El cuerpo de mi abuela yacía sin vida hacía varios días. Muerte natural, había dictaminado un doctor. Pero tantas veces escuché decir a mi madre que la abuela había muerto de amor. Como yo era chica, nadie me llevaba el apunte. Estaba ahí, en medio de las conversaciones serias de los adultos, y escuchaba todo lo que decían. Ellos, preocupados y enviciados con sus problemas, ni se percataban de mi presencia. Finalmente llegó el día. O mejor dicho, la noche. Habían decidido hacer el responso en la mismísima casa de mi abuela, y no sólo eso, iba a estar acostada en su cama. Eso me daba pánico, la noche anterior había soñado que iba a su habitación, la veía dormida y la quería despertar. La sacudía pero no pasaba nada, hasta que de pronto se levantaba súbitamente y yo me pegaba el susto del siglo. Y de paso, me levantaba de mi sueño pesadillesco completamente sudada, como un burro amarrado en la puerta del baile. Comentarios sobre mi abuela tengo muchos, pero hay uno que siempre quedó latiendo en mi cabeza. Dicen las malas lenguas, y bastantes ponzoñosas además, que ella era una mala mujer. Yo la conocí muy poco, pero mis vagos recuerdos no se condicen con esos rumores. La abuela era distante, muy coqueta, me acuerdo de sus collares de perlas. Era una mujer de carácter, pero lo que se dice mala, no. No creo que haya sido mala. Pero bueno, volviendo al día del velatorio. Dije que era abril, que hacía calor y que las chicharras discutían sobre la petición de mi abuela. Digo las chicharras, son mi madre y mi tía. Finalmente, en una pelea bastante justa, ganó mi abuela y su pedido especial. Los muertos no transpiran, sentenció mi madre, y entró a la habitación a cumplir con la coquetería solicitada por la difunta antes de su deceso. Sin embargo yo sabía que la tía iba a seguir rompiéndonos la cabeza con su insistencia, por lo menos un rato más. En medio de todo, yo, como una boya perdida en el océano. Se acercaba la hora en que vendrían los familiares, amigos y conocidos. Todos esos que decían que mi abuela era una mala mujer, se vestirían de negro y llorarían lágrimas de cocodrilo más tarde. Yo sabía que el cuerpo sin vida de ella estaba recostado en la cama, lo sabía, pero no lo había visto. No podía parar de recordar la pesadilla de la noche anterior y me hacía la misma imagen en mi cabeza, aún cuando en el sueño mi abuela no era como era mi abuela y su cuarto no era como era su cuarto. Pero, esas cosas pasan en los sueños. La tía empezó a atender a los invitados. Digo invitados...no sé bien como denominar a la gente que viene a un velatorio. Algunos charlaban de cosas que no tenían nada que ver con lo que pasaba. Otros entraban y salían de la habitación de mi abuela. Yo escuché a mi madre decirle a mi padre que no me deje pasar, que yo era chica y que no tenía que ver tal cosa a los 9 años. Tampoco es que yo quisiera pero no puedo negar que me daba intriga. Aún así, era mayor mi miedo que mi curiosidad. Me acuerdo de mi madre yendo y viniendo, en la cocina, en el patio, en la puerta. No la vi llorar ese día, creo que nunca la vi llorar en mi vida. Mi tía es de esas personas repetitivas, insistentes, agobiantes hasta el hartazgo. Seguía con el tema de la famosa petición de mi abuela, seguía con lo de las manos sudadas, seguía diciéndole a mamá que no le parecía. Era tan tarde, ni me acuerdo de la hora. No tengo la menor idea de por qué yo seguía despierta, entre la gente, en nada menos que un velatorio. Mi madre ya estaba en las últimas, no debía de acordarse ni de su nombre a esas horas. Mi padre, naturalmente, había tomado la cantidad de vino suficiente como para estar dormido en el sillón, por cierto, roncando. Mi tía ya había desistido y no discutía más por la particular petición de m abuela. A esas horas llegó un hombre, yo nunca lo había visto. Entro, sigiloso, sin que nadie se percate de su presencia. Me vio a mí, en medio de las gentes y me llamó con un gesto de la mano. Yo me acerqué y me batió el flequillo. Yo sonreí, mi madre había dicho que tenía que ser amable siempre con los invitados, que era de buena educación. Yo le creía. El hombre me tomó la mano y caminó conmigo. No sé bien por qué, pero su mano grande pero fría me dio confianza. Fue un instante en el que de pronto estaba adentro de la habitación de mi abuela. La vi ahí, a centímetros de mi nariz, acostada, dura y muerta. Tenía unos guantes largos negros de encaje y las manos sobre su pecho. El hombre abrió su saco, y de la solapa agarró una rosa. La puso entre sus manos, se agachó y le beso la frente. Le dijo algo profundo, tibio. Y sus palabras hicieron eco en la habitación vacía, y el eco se disfrazó en los pasos del hombre que se alejaron del cuarto, y me dejó sola con un sabor agridulce en la boca, mirando a mi abuela muerta con una rosa roja entre sus guantes negros de encaje.
1 comentarios:
Muy muy bueno!
Publicar un comentario en la entrada